Por Moisés Alcaraz Jiménez
La oligarquía criolla y transnacional que integran los llamados poderes fácticos en México, al frente de los cuales se encuentra el duopolio televisivo Televisa-TV Azteca, fueron los artífices para cerrar el paso en 2006 a Andrés Manuel López Obrador (AMLO) hacia la presidencia de la República mediante una bien orquestada guerra sucia y propaganda negra como aquella que equiparaba al tabasqueño con Hugo Chávez.
En aquel proceso electoral la oligarquía contó con el respaldo de casi la totalidad del sector empresarial del país al que lograron vender la idea de que AMLO era un peligro para México. Para ello explotaron al máximo, con alto rendimiento electoral, la lejanía de AMLO con los grupos empresariales más fuertes del país con muchos de los cuales el entonces candidato de la izquierda mexicana estaba en franca confrontación.
Las cosas hoy han cambiado, AMLO ha transformado no sólo aquel discurso incendiario en contra del llamado sector productivo, sino también ha buscado un acercamiento con ese sector y ha planteado un nuevo proyecto de nación donde los empresarios tienen una destacada participación.
AMLO ha entendido que no se puede medir con un mismo rasero a ese sector, que no es monolítico, pues dentro de él se puede rescatar el sentir de muchos empresarios que coinciden con las fuerzas progresistas en que el actual modelo de desarrollo económico y social impuesto a México se ha agotado y ahora constituye el verdadero peligro no sólo para la estabilidad política del país, sino para la integridad y seguridad de la nación.
Parte del sector empresarial presenta rasgos de división, muchos empresarios se han dado cuenta que los únicos beneficiarios del modelo neoliberal que continúa empobreciendo al país son un puñado de oligarcas que han constituido monopolios criminales mediante los cuales se han apropiado de la riqueza nacional y sólo producen miseria para millones de mexicanos.
En la nueva visión de AMLO aquellos empresarios no son los adversarios a vencer, son ahora aliados de su nuevo proyecto que están llamados a ser un factor clave para el triunfo en los próximos comicios de julio.
Nace con ello una alianza estratégica que no pierde de vista que el objetivo es el desarrollo integral del país con justica social, donde quienes están dedicados a los negocios lo puedan seguir haciendo dentro de un marco de mayor equidad social y de respeto al orden constitucional en materia hacendaria y de inversión privada, de promoción a la libre empresa dentro de los necesarios márgenes de regulación estatal que eviten la creación de depredadores monopolios que impiden el sano desarrollo económico y hacen imposible una más justa distribución del ingreso.
Esta semana AMLO recorrió las regiones del país que cuentan con mayor actividad empresarial, se reunió con industriales de diversas ramas y con dirigentes de organismos cúpula de esos sectores. Ha ofrecido que incorporará a su eventual gabinete a prominentes empresarios que han recibido al tabasqueño también con muestras de un nuevo trato donde han abundado los puntos de coincidencia.
Ante el resurgimiento de la guerra sucia que nuevamente pretende equiparar a AMLO con Hugo Chávez, se antepone la nueva visión de numerosos sectores empresariales que ahora ven al tabasqueño más cercano a la ruta al desarrollo que con mucho éxito emprendió Lula en Brasil, que gobernó a su país con singular eficacia en un régimen multipartidista y con un heterogéneo sector empresarial de su lado, proviniendo él mismo de los sectores duros de la izquierda brasileña.
El propio AMLO lo dijo este jueves en Guadalajara ante dirigentes de la Confederación de Cámaras Industriales: “no soy Chávez, soy Andrés Manuel”, aunque la verdad muchos empresarios mexicanos le ven rasgos cariocas a su eventual gobierno.
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